Tras recorrer Myanmar de sur a norte (o hasta el centro más bien) llegamos a nuestra última parada. Este artículo se ha hecho de rogar ya que en este tiempo he tenido que dar prioridad a otras publicaciones, trabajos y proyectos. Pero aquí estamos para cerrar el círculo de este viaje y seguir soñando con los que tengan que venir.
Mandalay fue capital del país y es la segunda ciudad más grande. Geográficamente hablando, se encuentra en pleno centro de la zona seca. Eso quiere decir que hace un calor de la leche pero no tan pegajoso como en las otras zonas que habíamos estado.
En cuanto a fotografías, el tramo final del viaje siguió en su línea y no nos ofreció grandes posibilidades. Como ya habíamos aprendido, nos lo tomamos con más calma y conectamos más que nunca el «modo vacaciones».
Recordemos que nos habíamos quedado en el lujoso resort del Mt. Popa, y el Sr. Pauk nos recogió puntualmente a las 8:30h tal y como le pedimos. Para hacer tiempo hasta la hora del check-in en el hotel de Mandalay aprovechamos para hacer una excursión que de otra manera no nos hubiese dado tiempo.
Cascada Dat Taw Gyaint
Tras cuatro horas de conducción frenética mascando betel uno tras otro, por fin llegamos al inicio de la excursión. No sé si lo he comentado en los artículos anteriores, pero lo del betel es una pasada. Los birmanos en general son unos auténticos adictos a mascar estas hojas que les dejan la boca y los labios de un color rojo amarillento que de primeras impresiona. Parece que les hayan dado un guantazo y estén sangrando, pero no. Aparte es fatal para la salud, provocando cáncer y un destrozo obvio de la dentadura.
Volvamos a lo que nos ocupa, que me voy por las ramas. Para llegar hasta aquí sin un taxista privado, puedes hacerlo en bus desde Mandalay en dirección a Pyin Oo Lwin (2 horas) o en tren (4 horas). Una locura que los trenes tarden tanto en este país.
Nosotros llegamos a las afueras de la población Anesakhan y allí Mr. Pauk nos dijo que no teníamos pérdida, que echásemos a andar por una senda zigzagueante que iba de bajada y al final estaría nuestro objetivo: la cascada Dat Taw Gyaint (GPS 21,58.8271N, 96,23.2141E). La había visto en fotos y me había enamorado. Lo que no sabíamos es la tremenda pendiente que hay que bajar (y obviamente luego subir…). Esta pendiente se la juega con la del volcán Ijen para ser una de las más fuertes que he visto en mi vida.
A pesar de lo remoto que es el sitio y de que eramos los únicos turistas allí, cuando llevábamos unos minutos bajando nos vino un hombre diciéndonos que había un atajo y que él nos llevaba, que no fuésemos tontos porque íbamos a dar mucha vuelta. Se puso tan pesado que al final nos supo mal decir que no. Nos salimos por una de las curvas del camino y nos adentramos cruzando el bosque. Ciertamente el camino fue más corto, y pudimos ver otra cascada que desemboca en la grande, pero también fuimos más lentos ya que el terreno tenía algo de barro y no queríamos resbalarnos.

Acabamos apareciendo en lo alto de la gran cascada, y siendo precavidos ni se nos ocurrió asomarnos. Seguimos descendiendo por uno de sus laterales hasta que llegamos al sitio.

Para los monjes viene a ser como una zona recreativa donde bañarse y rezar en el pequeño santuario. Como suele pasar en estos sitios tan poco pisados por los turistas, eramos el espectáculo del lugar. La cascada aparenta ser poca cosa porque, como sabes, al haber usado una focal bastante angular los objetos cercanos aparecen más grandes. En estas otras puedes apreciar mejor su tamaño comparándolo con los monjes:

Si esto es lo que se ve en marzo, al final de la estación seca, sin duda en época de lluvias (de mayo a octubre) debe ser un espectáculo…
Después de pasar un ratito allí y darle propina a nuestro guía improvisado, retomamos el camino de vuelta por el camino normal. Con la pedazo pendiente y el calor que hacía nos queríamos morir. Aun así, creo que batimos récord de tiempo en subir porque Mr. Pauk se quedó alucinado jeje. Cuánto agradecimos el techo de un pequeño bar y una bebida fresquita. También picoteamos algunas cosillas que tenían por allí para reponer fuerzas.
Lo que nos causó impresión fue el baño… Nos hicieron salir a la parte trasera de la casa que tenía como un jardín muy descuidado (más tirando a campo sin labrar) y entrar a una letrina de madera donde cabía justito una persona. Se trata de esos baños móviles en los que hacen un agujero en el suelo y allí hacen sus necesidades hasta que se llena, y luego cambian la caseta de ubicación haciendo un nuevo agujero. Sobra decir que no olía a rosas…
Amarapura y U Bein bridge
A las 16h hicimos una parada en un centro comercial de Mandalay, donde aprovechamos para sacar dinero, tomar un café y comprar algunas cosas más para aguantar el día. Nuestro objetivo era ver atardecer en una de las localizaciones más famosas de la zona: el puente U Bein. Pero antes, nuestro guía nos llevó a ver la pagoda Pahtoedawgyi (GPS 21,54.6851N, 96,3.3883E), bastante grande y construida en blanco y dorado.

Y una vez más encontrábamos la cúpula envuelta en un capuchón de madera que nos hacía saber que estaba en construcción. Por cierto, un desastre haber utilizado polarizador para la foto, como bien puedes ver, porque su efecto queda muy evidente.
Finalmente llegamos al puente U Bein (GPS 21,53.5021N, 96,3.7066E). Construido sobre el 1850, este puente tiene varias peculiaridades que hacen que sea uno de los puntos más visitados del país. En primer lugar, está hecho de madera de teca y se cree que es el más antiguo del mundo con este tipo de material. Para rematar, tiene una longitud de 1,2 km con los que salvan el agua del lago Taungthaman, lago que estaba completamente seco por la estación en la que nos encontrábamos. Se podía pasear por él, había gente en moto, agricultores e incluso una sesión de boda. Para verlo lleno habría que ir en julio/agosto.

A lo largo del puente hay escaleras para llegar hasta abajo, como puedes ver en las siguientes fotos.


Pero a nosotros nos atrae fotográficamente por un tercer motivo: los monjes del monasterio Su Taung Pyae lo cruzan todos los días al amanecer para pedir limosna al otro lado del puente, y al atardecer hacen el camino de vuelta al monasterio. Ese es un buen momento para hacer fotos de retrato con una puesta de sol. La recomendación es no quedarse en los primeros 300 metros del puente ya que es donde los turistas cómodos se agolpan.

Pasadas un par de casetas/miradores como la que ves en la foto todo está mucho más tranquilo.


Aquí los monjes se prestaban a que les hicieras fotos, es más, esperaban que se lo pidieras y hasta ellos mismos te pedían hacerse fotos contigo. Por fin la calidez y la simpatía de la que tanto había oído hablar… Sin duda, este sitio hará las delicias de street photographers y retratistas.


Hecha la visita y escondido el sol (una vez más, tras un manto de nubes), tocaba ir al hotel y descansar.
El hotel, una agradable sorpresa
El hotel Thiri Thitsar resultó ser una sorpresa dentro del viaje, pues no esperábamos mucho de él y nos encantó. Para empezar, al hacer el check-in nos asignaron una habitación superior a la que habíamos contratado 🙂
También nos ganaron con cockteles gratis durante unas horas de la tarde junto a la piscina. Tenía su encanto, oye. Después de refrescarnos y tomar un par de ellos decidimos cenar en el restaurante del propio hotel. La cocina muy buena y la atención de 10.
Aquí probamos unos cacahuetes que son los mejores que hemos probado en nuestra vida. Son más pequeños que los que tenemos por España pero tienen un sabor más intenso. Nos gustaron tanto que pedimos al camarero si era posible comprar un par de paquetes para llevárnoslos a casa. Y así fue, al día siguiente nos avisó que ya los tenía, dos pedazo paquetones que pesarían como 2kg cada uno…
El desayuno buffet también estuvo a la altura y nos sirvió para continuar la aventura del día siguiente.
En cuanto a ubicación, podemos decir que no está mal (GPS 21,59.2864N, 96,6.6319E). Mandalay es una ciudad enorme y la íbamos a usar de dormitorio para hacer excursiones. Por eso buscamos uno que estuviese bien conectado. Este hotel tiene cerca una de las arterias principales de la ciudad (que es la que viene de la zona de la cascada Dat Taw Gyaint) y que conecta con la que te lleva al aeropuerto. Su proximidad al Palacio de Mandalay nos permitió visitarlo por la mañana antes de volver a Bangkok.
Tha Kya Di Tha noon monastery
La primera parada que hicimos tras ese desayuno fue en un monasterio de monjas en Sagaing (GPS 21,52.8628N, 95,57.9962E). No lo teníamos contemplado en nuestra ruta y tampoco es un sitio turístico, pero nuestro guía nos lo recomendó y afortunadamente le hicimos caso.
La gracia de esta visita es llegar a las 10:30h, hora en la que las monjas hacen todo un ritual para comer. Dejan sus sandalias a un lado y desfilan de una en una con su plato y cuchara.

No me he equivocado, a las 10:30h comen, y es que desayunan a las 05:00 h… La comida (básicamente arroz) la paga una familia rica, quienes se encargan de repartir además cosas como dentrífico.


Acto seguido se dirigen a dentro del comedor donde, una vez están todas sentadas, han de rezar antes de probar bocado. Por cierto, además de las monjas también hay otras mujeres no uniformadas que se encuentran en el monasterio de retiro espiritual.

Al principio me daba corte estar allí haciendo fotos, pero el guía nos dijo que no había problema. Nos sorprendió cómo, a pesar de no ser un sitio excesivamente turístico, nuestra presencia no molestó lo más mínimo y las monjas reaccionaron con total naturalidad.
Esta visita nos sirvió también para entender por qué tantos jóvenes elegían el camino de la religión. Ser monje supone todo un orgullo en la sociedad, pero además implica poder vivir una vida digna recibiendo educación, un techo limpio donde dormir, comida y limosnas, y el gobierno les financia los viajes por el país. Todo a cambio de disciplina, sencillez y rezos. Bueno, lo de sencillez no termino de entenderlo, porque hemos visto muchos monjes con smartphones…
Ava / Inwa
Ava, conocida antiguamente como Inwa, era la capital de los shan en el s. XIV. En 1527 fue destruida, aunque 100 años más tarde volvió a convertirse en la metrópolis que un día fue. En la actualidad es una ciudad en ruinas donde sólo quedan algunos templos y monumentos esparcidos.
Para llegar hasta allí hay que cruzar el fotogénico Inwa bridge (GPS 21,52.0849N, 95,59.7882E). Hicimos una parada y aproveché la parejita de novios posando para robarles una fotillo 😉

Luego seguimos hasta llegar al embarcadero para cruzar el río Mytinge en barca y llegar a Ava (GPS 21,51.3301N, 95,58.7235E). El coste son 1.300 kyats por persona. Una vez al otro lado del charco empiezan las clavadas. Fue una de las peores excursiones que decidimos hacer, y sin duda recomendaría saltar esta parte del viaje. Para mí, pese a que puedan tener un par de monumentos interesantes, es una trampa de guiris y hay mejores sitios donde pasar el tiempo.
Para empezar, las cosas están tan distantes entre sí que era imposible ver las cosas más importantes en las 2 horas que teníamos. La única opción para moverse por allí era con carros tirados por burros, y no eramos partidarios de esta opción. Estuvimos apunto de volvernos sin ver nada, pero al final, como vimos que parecían estar bien cuidados, descansando a la sombra y haciéndolos rodar por turnos, dimos una vuelta para ver lo más básico. Se paga por tiempo, nosotros pactamos 12.000 kyats por un máximo de 1,5 horas, aunque el «conductor» intentó colarnos que habíamos estado más tiempo.
Aparte, para visitar templos hay que pagar una tasa turística de Mandalay de 10.000 kyats por persona. Para colmo, había algunos monumentos para los que había que pagar aparte. Si lo sumas todo, un sablazo para lo poco que nos gustó. Te dejo aquí algunas fotillos de lo mejor que vimos:


Qué mal lo pasamos visitando estas ruinas. Como siempre, tocaba descalzarse para pisar terreno sagrado, y el suelo de piedra bajo un sol de justicia hacían una mala combinación. Era como si andásemos por una plancha ardiendo y las plantas de nuestros pies fueran una loncha de bacon. No se me ocurre mejor manera de describirte el dolor que sentimos. A pesar de ello aguantamos las lágrimas y pusimos una sonrisa en la cara al pasar por un tenderete de comida que había allí mismo. Mucho «terreno sagrado» pero hacen negocio en todas partes y a ti te hacen descalzarte. Yo creo que lo hacen para reirse viendo cómo los turistas se fríen los pies. En fin, las zonas de sombra las aprovechábamos para enfriarnos y tomar aire…


Mingun
Esta es otra zona típica para visitar en la que hay que pagar tasa de entrada (5.000 kyats por persona). Sin embargo, esta nos gustó más. De haberlo sabido hubiese quitado la visita a Ava y hubiese dedicado ese tiempo a Mingun (GPS 22,3.1836N, 96,1.0697E).
No es que haya mogollón de cosas para ver, pero al menos algunas son realmente bonitas. Por ejemplo, la pagoda Pahtodawgyi, una enorme pagoda en ruinas que nunca se ha llegado a terminar porque a cada terremoto les toca restaurar una parte. Iba a medir 150 metros de altura, un proyecto ambicioso, pero finalmente se ha quedado en unos 50 metros.

En los alrededores se puede ver la campana que iban a colgar cuando estuviese terminada.
Esta construcción es imponente, pero la más bonita sin duda es la pagoda Hsinbyume o Myatheindan (GPS 22,3.3531N, 96º 0.9911E), de un blanco puro chulísimo.


Desde lo alto se puede ver la monstruosa Pahtodawgyi.

Hecha la visita nos fuimos pitando para Sagaing, donde quería ver el atardecer.
Sagaing
Lo que nos quedaba por ver era la pagoda Soon U Ponya Shin (GPS 21,54.1221N, 95,59.5463E). Más que verla, lo realmente son las vistas que tiene ya que está ubicada en lo alto de una colina y desde allí te das cuenta de la cantidad de templos que hay en poco espacio.


Esperamos hasta que se puso el sol, acompañados por monjes y turistas que no paraban de pedirnos fotos con ellos. En serio, parecíamos famosos o algo así, especialmente llevaban frita a Aleyda jeje.
Una vez más, el atardecer fue decepcionante, pero esa lección ya la teníamos aprendida así que después de disfrutar de la compañía de los lugareños nos volvimos al hotel y nos despedimos de nuestro amigo Mr. Pauk.
Palacio Real de Mandalay
Última mañana en el país birmano. Nos quedaban horas por delante hasta tener que ir al aeropuerto, y ya que habíamos pagado la tasa turística de Mandalay decidimos usar el tiempo para visitar el Palacio Real (GPS 21,59.5699N, 96,5.8299E).
Tampoco es una visita de las que recomendaría. Sí que resulta curioso todo el camino hasta llegar a él, pasando por casas donde residen militares así como controles de documentación por seguridad.
Aquí te dejo unas vistas desde lo alto de una torre de todo el complejo, que eso sí, es bastante grande.

Y hasta aquí nuestro periplo por Myanmar. Tan sólo faltaba coger el vuelo de vuelta a Bangkok antes de regresar a España.
A medida que he ido escribiendo los artículos he recordado ciertos momentos con cariño. Al menos el final del viaje contribuyó a ello, no tanto en lo fotográfico como a nivel de experiencia. Aún así, sigo sin estar motivado a repetir este destino. Normalmente el tiempo borra las malas experiencias y sólo recuerdas lo bueno, pero en esta ocasión no me ha sucedido. ¡Y mira que han pasado dos años! En fin… para gustos colores. Veremos cuál es nuestra siguiente aventura 🙂
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